martes, 18 de abril de 2023

Veermee 42

 




Poster original del cortometraje

La chispa de Veermee 42 surgió en medio de una conversación. Desde entonces, y como sucede con algunas ideas, las que terminan transformándose en algo tangible, no dejó de seguirme a todas partes, hasta que me vi obligado a concretarla en algo menos de diez páginas. Luego realicé algunos dibujos y antes de que me diese cuenta tenía un story detallado del proyecto. 

El concepto, sin embargo, implicaba trabajar con ciertos elementos que podían volverse bastante peligrosos para un presupuesto tan pequeño como el que tenía. Corría el riesgo de que este cortometraje de ciencia ficción y terror terminara viéndose ridículo, lo que arruinaría la atmósfera y el sentido de la historia. Por fortuna, contaba con Paco Gil, director, guionista y animador de stop motion, y con Juan Mod, autor de varios videojuegos y experto en la creación de imágenes por computadora. Gracias a ellos, y a las cientos de conversaciones que tuvimos, a las horas que echó Paco con los animatrónicos, a las diferentes pruebas que se hicieron con los mundos fantásticos que generaba Juan cada semana, y a las imágenes de archivo (bastante escabrosas) que pude conseguir gracias a la inestimable ayuda del director Juanra Fernández, logramos un equilibrio eficaz. Seguía siendo serie b, pero era una serie b más que digna. 

El empujón final lo dieron Iñaki Martínez, productor y sonidista conquense, que supo aprovechar hasta la última gota de sonido que podían dar las imágenes, y el montaje de Daniel Parra, amigo y compañero de mil batallas.

Por último, en esta corta lista de los que lo hicieron posible, no puede faltar Javier Perea, coordinador de la sección Brigadoon del Festival de Cine Fantástico de Sitges. Gracias por hacer posible que este cortometraje fuese proyectado en una sala cinematográfica llena de público.

Y aquí termina el recorrido de aquella extraña idea que surgió en medio de una conversación. 

Otras ideas vienen de camino, o tal vez no. 






  

  

sábado, 6 de abril de 2019

Ave raíz



Sol y luna - Maurits Cornelis Escher

Qué difícil es decir adiós al ave raíz. Uno llega a pensar, por el color alegre de sus plumas y lo despreocupado de su canto, que será cosa ya de todos los días. Uno, sacando ventaja de su nomenclatura zoológica, llega a creerse que lo que echa raíces raramente puede volar, que pesa más el suelo que lo que haya entre las nubes, que lo de «ave» es sólo por unas alas que no usará nunca, un adorno y nada más. Uno descubre que jugamos a no saber para no arruinar el café y los pasteles de la tarde, o lo que sea que echen por la televisión, o lo bonito que queda el jardín. Pero sólo es cuestión de tiempo que uno deje de jugar al desconocimiento.  

     Yo mismo planté aquel hermoso ejemplar cincuenta años atrás, en un espacio compartido más tarde con rosas de cuaresma y corazones sangrantes. Lo regué todos los días, y un par de veces a la semana frotaba sus alas con cerveza y aceite para que estuviesen bien brillantes. Un pie de tierra sulfatada alimentaba siempre sus raíces y con el tiempo llenó de vivos colores un plumaje, en principio, gris y despeluchado. Y cuando aquel pico cantó por primera vez… Qué piar más alegre bajo el sol de primavera. Le construí una casita de madera, para que inviernos y primaveras se sucediesen sin mayor diferencia. El ave raíz creció; las raíces debían andar ya en lo más profundo del jardín. Sus plumas y su piar eran del suelo.

     Un día, sin embargo, amaneció extraña. Su canto era triste, su cuerpo parecía hinchado y el color de las plumas algo oscurecido. El agua, el aceite y la tierra sulfatada no causaban efecto. Observé preocupado su familiar forma, ahora algo tronchada, en el interior de la casita. ¿Qué ocurría? El otrora alegre cantor parecía un ahogado con los brazos en alto, sobre la línea de un horizonte acuático. De pronto, sus alas se agitaron de forma violenta y la casita saltó en pedazos. Aquel cuerpecito hinchado reunió fuerzas. El suelo bajo él se movió. Tiraba de sus raíces, desgarraba el jardín, con los ojos clavados en una nube blanca. El suelo, herido, vomitó el cuello de la raíz, seguido de una madeja de tentáculos pelíferos que abrió profundas grietas alrededor. «¡No, lo vas a estropear todo!», grité. Pero la batida de alas ya había tumbado rosas y corazones. «¡Quieto, todo va a ir bien, todo va a ir bien!», pero desgarraba la tierra — cincuenta años de armonía— como un pulpo rabioso. «¡No te vayas!», pero el ave raíz ya volaba sobre una pequeña lluvia de tierra.

     Qué difícil es.




domingo, 17 de diciembre de 2017

Adelfos, nuestro viejo amigo




Ilustración de Juan Alberto Hernández 


Cerrad las puertas. Cerrad las ventanas. Aislaos del ruido exterior y quedaos a solas. Podéis sentir la multitud de yoes que dan forma a eso que llaman interior, oír sus (vuestros) pasos, sus (vuestras) voces. A veces hablan (habláis) consigo mismos, jamás entre ellos (vosotros), porque son (sois) malos vecinos los unos de los otros y manotean (manoteáis) para conseguir el control, cosa que hacen (hacéis) cada poco tiempo. Observaréis que algunos os han empujado a tomar malas decisiones en más de una ocasión, o que han envenenado vuestros oídos cuando necesitabais una mano amiga; otros minaron el valor necesario para afrontar ciertas dificultades, y los hay, por el contrario, que se lanzaron a la batalla como auténticos kamikazes, porque para ellos todo enemigo es pequeño. Por fortuna existen los pacíficos y prudentes, dotados de una inteligencia superior que evitará el derramamiento de lágrimas y sangre. ¿Los reconocéis? Seguro que sí. Con el tiempo, algunos de ellos (vosotros) acabarán alzándose sobre el resto, como los ñus del Serengueti que logran cruzar el río plagado de cocodrilos y dejan atrás un reguero de hermanos muertos. Llegarán (llegaréis) a la otra orilla y harán (haréis) uso del ascenso. Sus (vuestras) voces sonarán fuertes y serán persistentes en sus intenciones. Algunas vendrán armadas con un plumín de acero y litros de tinta. Las oiréis gritar:



                     «¡Necesito compartir una historia!»



   No faltarán voces —las más pequeñas— que hablen acerca de la inutilidad de la tarea, pero el Yo cuentahistorias es ahora un YO CUENTAHISTORIAS, y se mostrará decidido. Os citará cada día en su habitáculo particular, será amable, seductor, y sabrá entreteneros. El resto de yoes callará, ¡callaréis!, y el cuentahistorías mandará para bien, porque pocas cosas hay más sanadoras que la comunión del Íntimo, nuestro (vuestro) espíritu, con un alma que guste de la hora del té y de los secretos novelescos que endulzan sus minutos. Decía Valentín de Alejandría que el mundo visible es un mundo caído, no divino, y que lo “invisible”, lo que habita en nuestro interior nos provee de lo necesario para alcanzar la luz, o la divinidad, si preferís llamarlo de este modo. Doy (damos) fe de su poder, gracias a un yo persistente que levantó la voz hace años y empezó a narrar la fascinante historia de un mundo fraccionado. Adelfos, como tituló la historia, nos ha acompañado todo este tiempo, creciendo, reestructurándose, afilando pasajes, deshaciéndose de otros, llorando y riendo. Todavía hoy tiene algo que decir al respecto, todavía hoy se resiste a convertirse en un cuentahistorias sin nada más que contar. Pero ese momento ha llegado, y el entrañable yo, armado de valor, dejará de animar la hora del té para convertirse en libro. 


sábado, 22 de julio de 2017

Des...



Cartel del cortometraje



“Des…“ surgió de un minuto inconcreto. Ni siquiera recuerdo el color de esa fracción de tiempo;  mi ánimo durante aquellos sesenta segundos es ahora un misterio, y su contenido va y viene entre un nebuloso batiburrillo de posibilidades cotidianas. ¿Estaba leyendo? ¿Escribiendo? ¿Venía de leer? ¿De escribir? ¿Pensaba en leer? ¿En escribir? No lo sé, ni me preocupa demasiado. Sólo sé que la idea surgió, de esto estoy seguro, giró un par de veces en mi pizarra mental y tomó la forma de una historia, una historia que me indicó hacia dónde debía ir. Bueno, más bien me lo ordenó.  Sin saber muy bien el porqué, me sentí absolutamente convencido de que debía grabar un cortometraje; aquel cortometraje. Y así empezó esta pequeña aventura. Siempre he coqueteado con la idea de hacer cine, pero infinidad de factores adversos impidieron que aquellos intentos llegasen a buen puerto. “Des…”, sin embargo, vino cargado de soluciones. No, no hablo de cheques, ni de recomendaciones, ni nada de eso, hablo del factor humano, el que me ha llevado a escribir este post. “Des…” se hizo porque personas como Antonio Hernández (AHer), familiar y amigo, con el que ya he trabajado anteriormente —ilustró mi novela Viajeros del Picoteórico, haciéndola tan suya como mía, y me acompañará próximamente en la creación de nuestra propia editorial—, se ofreció nuevamente a colaborar, esta vez cediendo su arsenal privado de focos y cámaras. O Daniel Parra (Animagina), amigo de la infancia, que ayudó con el montaje y reaprovechamiento de planos fallidos, típicos en cualquier ejercicio primerizo. O el músico Manu Knwell, que conectó con la pieza desde el lejano Chile y nos ofreció otro excelente trabajo de su Kasa de Orates. Tengo que mencionar también a mi amiga  Cristina Jassogne, actriz versátil y con fuerza, que interpretó a la sufrida protagonista de esta historia de ¿terror? Su presencia en el cortometraje dio pie a toda una cadena de acontecimientos que terminaron beneficiándome personalmente, a niveles que sólo yo, mi pareja y unos pocos amigos podemos apreciar en su debida importancia. Pero ésta es otra historia.

Ahora, esta pequeña pieza, con un presupuesto que ronda los cincuenta euros, grabada sin experiencia, casi improvisada de un día para otro, es y será exhibida en algunos festivales. Supongo que no hará mucho ruido pero tengo la seguridad de que está, y está porque me lo pidió. Agradecida por existir, ha dejado también el regusto por el lenguaje cinematográfico, dando paso a un segundo cortometraje, “Veermee 42”, en el que trabajamos ahora mismo. Y todo esto, ¡sorprendente!, en un minuto inconcreto.


El segundo asalto se llama Veermee 42, una fantasía tan oscura como la mente
de su protagonista.





lunes, 6 de junio de 2016

¡Más tiburones!







Desperté en la playa, con los pies dentro del agua y el rostro hundido en la arena. Estaba exhausto, pero no sólo por haber estado a punto de morir. Aquella noche había hecho la carrera de mi vida: al menos mil metros en menos de dos minutos, mar adentro, después de que la bodega del balandrajo en el que viajaba se anegara de agua. Nunca aprendí a nadar cuando tuve la oportunidad, motivo que me empujó a darme el pésame en la primera oscilación del casco, sin darle más vueltas al asunto. Era mi final y lo acepté: algunos mueren por no coger un barco y otros por todo lo contrario. Entonces llegaron, a cientos. Convirtieron el lugar en una sopa de espuma. Tuve oportunidad de verlos porque no me hundí; descubrí que pataleaba sobre una superficie sólida, una alfombra viscosa de aletas y escamas, tal era el número de escualos que se había congregado alrededor de mis jarretes en apenas unos segundos. No sabía nadar, pero sí correr, y eso fue lo que hice. Salí disparado en dirección a la playa, sin mirar atrás, con la convicción de que aquel suelo selaciforme se desharía antes o después y me precipitaría al mar. Recuerdo mis gritos poco antes de saltar a la orilla: «¡Más tiburones! ¡Más tiburones!».


miércoles, 1 de junio de 2016

Adiós Kansas







Saliendo de Kansas, a menos de un día de Oz, detuve mi caballo junto a las aguas de un riachuelo y descansé del viaje. En el zurrón llevaba algo de carne seca y un pedazo de pan. Después de comer, aproveché para limpiar el pacificador. Jamás lo había usado, pero dicen que  siempre hay una primera vez para todo y el cuándo es una incógnita. Estaba feliz; dejar Kansas era dejar las ratas del cobertizo, la fiebre del oro, el barro de las calles y la mierda congelada en invierno. Oz, en cambio... Pero mi caballo alzó la cabeza en ese instante y tumbó las orejas hacia atrás, alertado por algo; dejé de sonreír. Supe que era mejor continuar el viaje cuanto antes. Me levanté con el zurrón de nuevo al hombro y caminé hacia mi montura. «¡Alto!», me gritó alguien. A menos de veinte metros, un hombrecillo de constitución obesa y expresión estúpida permanecía sobre su caballo, un pobre jamelgo vencido por las circunstancias. Conocía a aquel tipo, se trataba de Tony Jabalí Loco,  un sheriff con bastante mala fama.
     —¡Quieto ahí, mequetrefe! —repitió, y sacó de su alforja una oxidada carabina que apuntó hacía mí. 
     —¿Se puede saber qué he hecho? — pregunté. 
     —Pregunta mejor qué no has hecho, hijo.
     Escupió tabaco de mascar al suelo e hizo una pequeña pausa, tal vez, a tenor de su atontada expresión, mientras recapacitaba sobre el significado de sus propias palabras. 
     —¿Y qué he hecho?
     —¡Por todos los diablos! —Volvió a escupir—. ¿Que qué has hecho? —Escupió de nuevo—. Eso lo sabe cualquiera —Escupió una vez más—. ¡Que qué he hecho, dice! ¿Acaso el zumo de tarántula te ha jodido los sesos? —Volvió a hacerlo, manchándose esta vez la barbilla—. Hijo, has cometido todos los delitos habidos y por haber —Se limpió  con un pañuelo, sonó sus narices con él y lo introdujo en un bolsillo del minúsculo chaleco que vestía. 
     —Usted dirá.
     Tony Jabalí Loco resopló.
     —Está claro. ¿Por qué si no quieres dejar el estado?
     —¿Y por qué no? Estoy en mi derecho.
     —¿Acaso huyes de algo?
     —No, simplemente voy a donde quiero.
    —Cuéntale esa patraña a otro, hijo. Mira, ¿ves esta placa?, aquí soy la ley, la he sido durante mucho tiempo y a la ley no se la engaña. Sí, huyes de algo. Huelo a un criminal de lejos.
     —No he cometido ningún delito.
     —No es eso lo que dicen en Wickerman. Aseguran que debes dinero a una dama.
     —Es falso.
     —La zorra en cuestión asegura que te puso una pierna encima y besó tu frente. Que la rechazaste y te fuiste sin pagar.
     —Los salones no son lo mío. No pedí su pierna, y tampoco su beso.
     —Valiente caballero —Escupió a mis pies—, a una puta no se le dice que no. 
     —Yo lo hice.
    —Claro, por eso yo estoy aquí, apuntándote, y tú ahí abajo, mirándome con cara de corderito. Dime, ¿por qué Oz? ¿Acaso eres afeminado?
     —¿Afeminado?
     —Sólo un idiota afeminado le diría que no a una puta y querría ir a Oz. Ahí tienes otro delito: ¡homosexual! Hijo, estás de mierda hasta el cuello; en mi estado no permitimos esas perversiones.
     —No pienso defenderme de una acusación como esa.
     Rio. Su papada se agitó como el queso fresco.

     —No podrías. Sé muy bien lo que eres. También sé que eres un asesino.
     —Jamás he matado a nadie. 
     —Eres muy capaz. Sí, ya lo creo, lo veo en tus ojos. ¿Sabes?, apostaría todo lo que tengo a que lo has heredado de tu familia. Seguro que tienes antepasados homosexuales y asesinos.
     —Oiga, deje a mi familia en paz.
    Empuñó significativamente el rifle.
     —¡O qué! ¡Aquí mando yo, hijo! ¡Creí que te había quedado claro!
     —Insultar a la familia es una mala costumbre, incluso en Kansas.
     —¿Estás argumentando en mi contra o me lo parece? Encima te resistes a la autoridad, ¿eh?, muy bonito, muy bonito, exiges respeto y cuestionas la palabra de un agente de la ley. ¡Eres lo peor! ¿Pero qué clase de educación te han dado tus padres, muchacho? ¿Qué clase de familia tienes?
     —Ahora subiré a mi caballo, le daré la espalda y me marcharé. ¿De acuerdo?
     —De eso nada. Tú te quedas aquí. Eres un criminal, ¿recuerdas? Debes dinero a una puta, eres homosexual y un asesino como toda tu asquerosa familia.
     Mi mano se movió sola hacia el pacificador, pero me contuve en el último instante.
     —¿Ibas a hacer algo o sólo me lo ha parecido? ¿Qué guardas ahí atrás? ¿Un par de zapatos plateados? ¿Un poema? ¿Un cuchillo? ¡Habla! ¡Maldito sarasa asesino!
     —Nada.
     —¡Ja! ¡Encima cobarde! Quieto ahí, que de esta no sales. Sé muy bien que tienes una horda de hermanos bastardos repartidos por todo el país. Tu padre ha estado muy entretenido, ¿cierto? Alguien tan ocupado no ha podido educar a sus hijos como es debido. Eso lo explicaría todo.
     Los dedos aletearon en la culata de mi revólver. Deseé meter una bala en mitad de aquel rostro fofo y degenerado. Borrarlo para siempre de la faz de la tierra.
     —Hazlo y estarás perdido. Vuelve a tocar esa arma que llevas escondida en tu espalda y Oz será sólo un sueño. Con este de aquí —Y acarició como a un amigo el herrumbroso cañón de la carabina— he matado tantos búfalos como años tiene mi madre, y ninguno necesitó más de una bala. También he limpiado el estado de mariquitas como tú, de africanos y alienígenas. Créeme, no hay nadie mejor que yo disparando con el rifle.
     Se hizo el silencio. Un silencio pesado e insalubre, manchado por lo insultos y obscenidades que había lanzado aquella cosa con placa. Escupió más tabaco, yo tragué saliva, el cañón de su arma amenazó con convertirse en su próxima palabra. Cerré los ojos.
     —Claro que podemos hacer un trato —añadió sorpresivamente.
     —¿Un trato?
     —Sí. Soy un hombre justo y flexible. Y siempre doy una oportunidad al criminal de redimir sus pecados.
     —No entiendo.
     —Bien —Bajó el arma, y sus ojos empezaron a vagar nerviosos de un lado para otro, asegurándose de que no había nadie más en las inmediaciones—, te doy la oportunidad de quedar libre, si haces algo por mí.
     —¿De qué se trata?
     —Antes tienes que aceptar.
     —No puedo aceptar un trato sin saber de qué se trata.
     —Esta vez tendrás que hacer una excepción, hijo. Trato o plomo. Tú decides.
     Tragué saliva de nuevo.
     —Trato.
El rostro de Jabalí Loco se abrió en una sonrisa abyecta, trufada de dientes negros y podridos.
     —Buen chico. Verás, hijo, los hombres como yo llevamos una vida muy solitaria en la frontera, y la soledad en exceso es mala. Sabe Dios que si veo a dos hombres fornicando en el pueblo los lleno de balazos. Esas cosas deben hacerse bien lejos, en el campo, donde no se moleste a nadie.
     —Sheriff, ¿a dónde quiere ir a parar?
     Tosió, como si intentase solapar lo que estaba a punto de decir.
     —Quiero que me hagas un pequeño arreglo.
     —¿Cómo dice?
     Tosió otra vez.
     —Un pequeño arreglo.
     —Perdone, creo no haber entendido bien.
     —¡Un arreglito, maldita sea! ¡Que me limpies el sable de caballería!
     Mis tripas se revolvieron. El deseo de acabar con aquella criatura envilecida fue superado por el de vomitar.
     —¡Jamás! —contesté decidido.
     —¿Jamás? ¡Mariposa insolente! Has hecho un trato y no puedes romperlo.
     —Me importa una mierda ese trato. No lo haré.
      Un resplandor furioso recorrió su rostro y volvió a apuntarme con la carabina.
     —Oh, interesante, le debes dinero a una puta, eres homosexual, un asesino y ahora incumples un trato. Sí, muy interesante. Acabas de condenarte, muchacho.
     Estaba dispuesto a utilizar el pacificador. Pero el sheriff ya tenía la carabina lista para disparar, contaba con esa ventaja y no la desaprovechó. Apretó el gatillo antes de que tuviese tiempo de defenderme. La detonación casi me dejó sordo. Caí de espaldas y me di por muerto. Luego abrí los ojos; estaba inmerso en una nube de humo. Poco a poco empezó a disiparse, y pude ver el cuerpo de Jabalí Loco, despatarrado en el suelo como una gorda muñeca de trapo junto a los restos humeantes y retorcidos de la carabina. Su jamelgo había escapado, asustado por el estruendo de la explosión. Su cabeza también. Me pregunté desde cuándo no limpiaba aquella arma suya, con la sangre de tantos búfalos, mariquitas, africanos y alienígenas a sus espaldas. Demasiado tiempo, tal vez.
     Me incorporé y sacudí el polvo de mis ropas. Sostuve el pacificador en mi mano un instante, antes de arrojarlo bien lejos a las aguas del río; ¡odio las armas de fuego! Luego me reuní con mi caballo, lo desaté y galopé hacia el ocaso, en dirección a Oz, lejos de las ratas del cobertizo, la fiebre del oro, el barro de las calles y la mierda congelada en invierno.

   

domingo, 22 de mayo de 2016

Vrykokounoúp







El vrykokounoúp, también conocido como vampiro de la savia, se me apareció por el rabillo del ojo mientras observaba las aguas del embalse. Al principio fue sólo un movimiento; la sombra de una mosca, pensé. Pero descubrí que la perturbación no revoloteaba a mi alrededor. Algo se movía a no demasiada distancia, entre los árboles que tenía detrás. Era grande y negro, y flotaba varios metros por encima del suelo, deslizándose lentamente como una nube de tormenta. Pero no flotaba, la primera impresión era falsa: caminaba sobre cuatro patas articuladas y su oscuridad nada tenía que ver con la del nimbo hinchado de agua, sino más bien con el pelo corrupto de una rata de cloaca. Debía oler igual que una fosa llena de ellas, aunque el único sentido que se dejaba aplicar era el de la visión, ni sonidos, ni olores. Caminé unos pasos con la intención de ver mejor la anatomía de aquel zancudo silencioso. No le veía ojos, ni boca, y no tardé en comprender que era su cabeza lo que echaba en falta. Debajo, colgaba un saco de piel negra y rugosa, libre de pelo, que recordaba al escroto humano. Al menos hasta que se alzó, y el pellejo, holgado y fofo, resbaló alrededor de un cráneo picudo, armado con un aguijón que fue a clavarse inmediatamente en la corteza del árbol más cercano. Supe que le succionaba la savia; el corcho se agrietó y perdió su color. Di algunos pasos más, los suficientes para comprobar que —¡me estremecí!— aquel ser no estaba solo; todo un rebaño de seres iguales a él, algunos de mayor tamaño incluso, se movía con libertad por el bosque, sin romper la quietud del lugar. Se fueron del mismo modo en que llegaron, por el rabillo del ojo, como la sombra de una mosca. Sé que es un error haberlos visto, que siempre han estado ahí, sobre nuestras cabezas, bebiendo savia, invisibles por algún motivo, pero ya no puedo olvidarlos. Desde entonces, cuando veo árboles con la corteza lacerada, y aun sin verlos, empujado por una extraña certeza, sé que camino entre las patas de un vrykokounoúp, también conocido como vampiro de la savia.


domingo, 6 de marzo de 2016

Antiprisma Pentagrammic







Recibió la carta en el rincón de la cama. Ni siquiera recordaba la cara del mensajero, aunque llegó a verla, ni su voz, aunque oyó cómo le llamó por su nombre. Se marchó como vino, sin ruido de pisadas ni puertas. Era una tarde especial; la frente le ardía de frío y su curiosidad iba a la deriva como un pescado muerto. El cielo calinoso llenaba la ventana, los niños del parque gritaban ¡mediomango!, un loro silbaba al otro lado de la calle, tormenta, el reloj del salón contando los segundos, la gata Locatropa abriendo y cerrando la puerta del armario, su tiritera en aquel reducto caliente, las mantas hechas un laberinto... Necesitaba dormir, su cuerpo dolorido se lo pedía, pero acababa de hacerlo, también se lo decía. Tragó saliva con sabor a hiel. Entonces reparó en el documento; seguía allí, entre sus manos, de un papel parecido a la madera pulida. Abrirlo fue como abrir la gaveta de un pequeño mueble ministerial:

«Europa, Caléndula, Nerón, Júpiter, Plata, Polichinela, Barba Azul, Mitocondria, Waterloo...»

Leyó durante horas, hundiéndose en aquel subterráneo desplegable lleno de vasos comunicantes. Ya durante el sexto pliegue se topó con pasajes que requerían de la comprensión de los primeros. «¿Cómo era? ¿Cómo era?», se preguntaba mientras iba hacia atrás. «¡Ah, sí! Mitocondria y Waterloo», y continuaba con el documento:

«Lactancio, Al-Mansur, Cristo, Geburag, Silfos, Electromagnetismo, Señal Wow…»

Sus párrafos tiraban de él, ¿acaso hacia una salida? Locatropa maullaba de alegría cada vez que veía cómo sus manos se arrastraban fuera de las mantas, en pleno vendaval ártico. Y Charly —¿no se llamaba así el loro que silbaba al otro lado de la calle?—, gritaba dando ánimos. Pero siempre había una palabra, siempre, que le obligaba a retroceder, y lo sumía de nuevo en aquel pozo oscuro y caliente. Se revolvió sin mucho éxito entre las mantas. «Me canso, me hago pequeño con la nausea», se oyó decir a sí mismo. Continuó: 

«Ailanto, Samuel Belibeth, Nepomuceno, Casuarina, Conejo, Potemkin, Tú...»
  

miércoles, 6 de enero de 2016

La buena muerte



"Perro en el bosque", pintura de Manuel Amigo



 
Sentir la volubilidad de los huesos
 

Su crujir en lo más hondo de tu pozo
 

Vaciar los bolsillos de naderías

Cambiar la sucia tela por cuero peludo
 

Saltar de la cama al sotobosque
 

Dejar atrás un viejo traje
 

Y correr, correr, correr...
 

Olvidando quién fuiste
 

Siendo quien eres
 

Corriendo sin tropezar
 

Sobre troncos olvidados y cauces secretos
 

Buscando un lugar donde dejarte caer en paz
 

Porque mueres, lo sabes
 

Y sabiéndolo sigues corriendo, persiguiendo un digno final
 

Hasta que te rindes en un lecho de hierbas y hormigas

Y tu lengua se congela, y tu corazón deja de bombear

Entonces aparece un último pensamiento, uno feliz:
 

Haber dejado tu cama de satén para como un perro morir.




 

viernes, 1 de enero de 2016

¡Jamás!




Lo encontré allí, de pie, ancho y estático como un buzón. Vestía de domingo, con su mejor ropa, aunque fuese entresemana: pantalones prietos, camisa al límite y chaqueta enana. Su cara esférica sonreía con buena expresión.  Le lancé un educado saludo, él a mí dos. Fue entonces cuando estrechó mi mano y me agasajó como a un buen cristiano. Bebimos y reímos hasta que se hizo tarde y tuve que decir adiós.

     
     —Hasta otra —me despedí estrechándole la mano de nuevo.
     
     —¿Ya te vas, amigo? —preguntó decepcionado, con el cejo fruncido.
     
     —Sí —dije—, se hace tarde.
     
     —Creo que no —Me miró fijamente y añadió—: Tengo tu mano y me alegro de haberla conocido.
     
     —Lo siento pero he de irme —insistí—, ¿la soltarás?

    
      Sus ojos brillaron.

    
     —¡Jamás!







lunes, 16 de noviembre de 2015

Darío



Carlos Gregorio Simon Godoy (Calavera Diablo)


Cada otoño, desde que cumplí la mayoría de edad, tengo una cita en el Depósito de Enseres Impersonales de tío Sabino. Es un pequeño edificio de ladrillo gris, con chimenea y sucios ventanales por los que apenas entra luz. Dentro, dispongo del mobiliario e instrumental necesarios para desempeñar la labor de agente decomisador: estilográfica, guantes, una mesa, una silla, un flexo, una báscula de enseres, una lupa diadema con lente de treinta aumentos, pinzas, una enciclopedia de peritaje y varios cajones de pino para archivar los informes. Al fondo tenemos el horno, un Topf und Söhne para el material sobrante. El método ha sido siempre el mismo: antes de que salga el sol el depósito debe estar listo, luego aprovecho para tomar una taza de café mientras tío Sabino entra en el huerto y elige a la nueva kadosh. Esto siempre es cosa suya y confieso que nunca se me daría igual de bien extender el dedo sobre la multitud y atinar a la primera, no como a él, desde luego, con tantos años de experiencia en horticultura. Tras cortar el tallo de la elegida y llevarla a la cocina, me trae sus pertenencias en una carretilla y las deja caer en el suelo. Hoy el cargamento es singular, muy alejado de los morrales de otros años, llenos de fotografías y recuerdos familiares. Hay una pequeña instantánea de una caléndula, cinco monedas de latón, unos guantes de lana, un par de zapatos, un frasquito con rapé de Nunu y varias canicas de vidrio rosado que rondan los quinientos gramos sobre la bandeja de la báscula. Hasta aquí nada especialmente notorio, pero luego están el astrolabio de cobre, el horoscopio de Apiano, el telescopio reflector, la carta astral y, sobre todo, el diario. Las primeras páginas de éste tampoco se salen de lo normal; menciona las bondades del mes de junio, su temperatura suave, la abundancia de días luminosos en detrimento de las heladas nocturnas, de las que abomina como un brote verde; habla del maitine de los grillos, de la santidad de sus salmos, de la estampida de los conejos cuando truena la pólvora, de las milongas que silba tío Sabino mientras planta fresas y melones. Julio empieza igual, pero señala su pasión por la astronomía, y también un hecho extraordinario que tuvo lugar a mediados del mes. Lo expresa del siguiente modo:



     «Mi telescopio reflector apuntaba hacia la octava esfera, a la constelación de Leo. Observaba por enésima vez su poderoso corazón, que los griegos bautizaron como Basiliskos, una estrella azul que me ha venido sonriendo cada noche desde que me habitué a explorar los cielos. Estaba acostumbrada a su velocidad de rotación, muy superior a la de nuestro sol, y a su silueta achatada, como la de esos limones defenestrados que ruedan por el huerto, pero nunca antes había visto algo parecido a lo que eclipsó de improviso su rostro. Planetoide, lo llaman; yo tendré que buscarle otro nombre. Aquel cuerpo gigantesco se recortó sobre la superficie del corazón leonino durante varias horas. En ese tiempo descubrí que seguía una lenta elipse alrededor de la estrella, también que hay metano y ozono en su atmósfera, y que la superficie verdiazul está llena de huertos en flor. He identificado patatas, pimientos, lechugas, calabazas... Y reían, reían felices. Por la tonalidad del suelo se trata de un lugar rico en nutrientes minerales, mullido, con abundante humus, sin gusanos ni hongos, y con un equilibrio perfecto entre alcalinidad y acidez. Llueve en abundancia y presumo que el aire arrastra polvo de hueso, además de hermosas canciones mil veces mejores que las de tío Sabino, a juzgar por el verdor de las hojas y el color alegre de las cortezas. Me pregunto si habrá sitio para mí allá arriba. Parece que hay sitio de sobra para todos. Tal vez, si lograra desprenderme de mi tallo, echar a volar, dejar atrás el huerto, cruzar las nubes, romper la estratosfera y salir disparada al espacio, sumergirme en una lluvia de rayos cósmicos provenientes de Centauro, girar en el vacío sin más luz que la de nuestro sol, dejarlo atrás como al huerto y seguir girando durante setenta y siete años luz hasta encontrarme con Basiliskos y su planetoide... Tal vez.»



     Durante agosto y septiembre deja bien clara su intención de visitar este nuevo mundo, al que empieza a referirse como Darío: «¿Y qué será de mí ahora que te conozco, ahora que he visto tus huertos y jardines? -escribe en un margen del diario-. Ya no tengo dudas, mi amado Darío, antes de que desaparecieras entre las luminiscencias de la corona solar, me hiciste tuya para siempre». Realiza una serie de cálculos, garabatos inteligibles, orientados supuestamente a prever el momento en que el planetoide volverá a reaparecer sobre la superficie de la lejana estrella azul. También hace los preparativos del viaje; veo algunos bocetos que intentan reflejar lo que parece una especie de vehículo, un traje abocinado hecho de metal, al que pensaba dar forma fundiendo las monedas que tío Sabino iba perdiendo en el huerto. Está sujeto a un tanque de combustible y a unos propulsores con fuerza suficiente para sacarlo de este mundo. Luego se desprenderían y unos motores secundarios moverían el traje a través del cosmos. En el interior se habría dispuesto un tallo de quita y pon, y una cama de tierra con abundante humus; un sistema de regadío por goteo proveería de agua a la viajera durante todo el trayecto, aunque queda por resolver cómo lograría perpetuar este suministro durante los setenta y siete años luz que, calcula, dura el viaje. Quién sabe, si el amor puede convertir a una calabaza en cosmonauta, ¿qué son unas pocas gotas más de agua? En cualquier caso el asunto no pasará de ser una simple anécdota, como lo mío con... da igual, tío Sabino espera y tengo trabajo por hacer.

      Relleno la ficha de la kadosh, como de costumbre. Hace la número setenta y siete; en el huerto su diámetro dio la medida de cuarenta y cinco centímetros, tiene flores de un único sexo y hojas acorazonadas en perfecto estado. La cáscara y el tallo no presentan señales de enfermedad. Por algunos de sus objetos personales y las palabras que escribió en el diario estamos ante una idealista, una soñadora. Tal vez, una enamorada, no sólo del lejano Darío, sino de la misma vida. Presumo que el pastel de este año será exquisito y que tendrá cierto sabor a estrellas.

     Guardo la cartulina en el cajón archivador, aparto las monedas de latón y me hago cargo del resto de objetos. Los introduzco en el hueco del horno. Juntos forman un extraño montón, testigo de una vida igualmente extraña. Dejo el diario para el final. Luego cierro la puerta y activo los quemadores de aceite vegetal. A través del ventanuco veo cómo las llamas se ceban rápidamente con los guantes de lana y los zapatos, cómo convierte las canicas en bolas de obsidiana y deshace el rapé en un fogonazo. El astrolabio y el telescopio humean y se ennegrecen, como edificios post-apocalípticos de hierro y cristal. En cuanto al diario... Lo busco con la mirada, pero ya ha desaparecido.

martes, 15 de septiembre de 2015

El monstruo de Oigreachd




El cielo y la tierra en Oigreachd tienen la solemnidad y el silencio de sus piedras. Una masa plomiza parece envolverlo todo, impidiendo el movimiento, e incluso el transcurrir, de los segundos. Sentado ante aquel estanque de las tierras altas, me parecía estar observando uno de esos cuadros de Albert Bierstadt, llenos de imponencia y humedad, congelados en ese instante negro que precede a la tempestad. Los que me hablaron de aquel lugar ya me habían advertido de sus particularidades; me dijeron que allí no había sido visto jamás un pájaro volando, que la maleza del páramo no crecía de tamaño, que las nubes de tormenta jamás se disipaban ni cambiaban de forma, que no soplaba el aire, que los relojes se detenían... Comprobé esto último mirando el mío; una hora allí sentado y continuaban siendo las dos de la tarde. Devolví mi atención a la superficie del estanque, un inmenso óvalo de estaño, tan quieto y carente de vida como el resto del paisaje. También había oído hablar de él, del demonio que habitaba sus profundidades. Fue el padre Buchanan quien, abriendo las tapas del Magīa Compendium, me leyó el relato de Sir Aelius y el monstruo de Oigreachd: «...Y del fondo del estanque surgió la bestia más terrible de todas, y Sir Aelius supo en aquel instante que ninguna de sus habilidades como caballero podría salvarle de aquellas fauces hambrientas, pues la bestia tenía el poder de convertir la armadura en herrumbre, los músculos en harapos y la piel en pergamino. Nadie puede escapar del monstruo de Oigreachd, ni huyendo en el caballo más rápido, ni ocultándose en la mayor de las fortalezas; sólo al final, en nuestro propio lecho de muerte, seremos capaces de comprender el auténtico alcance de su poder».
     Algo llamó al fin mi atención. Desde que tomé asiento en aquel lugar había venido percibiendo el mismo sonido, una especie de zumbido monótono e infinito, sin altibajos, sin un principio y un final. Era como si el silbido de una brisa incipiente hubiese quedado también atrapado en aquella suerte de ciénaga temporal, empantanado en una nota condenada a perpetuarse de forma eterna. Pero un nuevo sonido rompió la quietud del aire en mil pedazos, un gorgoteo en la superficie del estanque. Las aguas del centro se agitaron, y se sumaron al nuevo universo sonoro que acababa de instaurarse. Burbujeaban, primero de forma tímida, después describiendo una línea que fue acercándose a la orilla con lentitud. ¡Aquella cosa era real!
     Me incorporé al momento, deseoso de satisfacer la curiosidad. Pronto, vi una extraña forma negra que emergía de las aguas, un alto bonete de plumas, distinguido con una insignia dorada que refulgió bajo los rayos del sol. Siguió un rostro blanco e impasible, con unos ojos de cera que miraban sin mirar, y unos labios que insuflaban aire a la boquilla de una gaita cuyos roncones asomaron detrás como el espinazo de un cadáver contrahecho, envueltos en un constante gorgoteo. Ya en la superficie, el agónico lenguaje se volvió música: una melodía triste pero llena de energía. Conforme iba dejando las aguas atrás, vi que vestía una chaqueta oscura y un tartán azulenco que le cruzaba el pecho. Siguió un kilt de color rojo, y unas medias blancas hasta las rodillas; en la de su pierna derecha tenía envainada una pequeña daga con el puño dorado. Por último, unos zapatos negros transportaron la imponente figura del tañedor tierra adentro, en mi dirección. Cuando se detuvo ante mí, sus dedos en el puntero estaban enzarzados en una melodía frenética, un jig que agarraba tu corazón y lo hacía latir el doble de rápido. Nada podía sustraerse a su ritmo; el paisaje entero cobró vida, como llevado de la mano en un baile todopoderoso. La brisa se liberó y echó a correr, las nubes negras flotaron a su aire, mezclándose, deslizándose, vomitando una suave llovizna que  convirtió la faz de la laguna en un espejo estrellado. Miré mi reloj: las agujas giraban de nuevo. Todo cobró vida y, sin embargo, comprendí que precisamente por esto todo iba a morir. Todo iba a desaparecer. Mi reloj se oxidaría, las nubes se marcharían, la vegetación se secaría, la laguna terminaría convirtiéndose en un cenagal lleno de huesos. Mi propio corazón dejaría de latir en el futuro, desgastado, consumido por la música de aquel gaitero infatigable. Supe que si continuaba tocando no dejaría nada en pie, y sin embargo, mis oídos no habían conocido jamás una música como aquella, tan deliciosa, tan necesaria. Cuando dejó de tocar, el paisaje volvió a convertirse en una fotografía. Alcé la cabeza, suplicante.
     —No pare, por favor, siga tocando.
     Sonrió.
     —No he parado, sigo tocando la misma melodía. ¿No la oye? Ya lo hará esta noche, mientras duerme. O mañana, cuando todo esto le parezca sólo un sueño.
     —¿Seguirá tocando para mí?
     —Así es, para todos.
     —¿Cómo es posible?
     —Yo soy el monstruo.
     Dicho esto, dio media vuelta y regresó a las aguas del estanque, que acabaron devorando las plumas de su bonete, borrando todo rastro de él. ¿Todo? No. Al levantarme y dar la espalda a la orilla, mientras me alejaba  en el páramo, recordé las palabras que me leyó el padre Buchanan: «Sólo al final, en nuestro propio lecho de muerte, seremos capaces de comprender el auténtico alcance de su poder».



  

martes, 18 de agosto de 2015

El barco


"El viajero", pintura de Maria Goretti Guisande , dedicada a su gran amigo el doctor Vernacci



Anoche, un barco atracó en mi cama. Era un barco vacío, sin pilotos, sin oficiales, sin capitán. Llegó con una gran luz y zarpó sin avisar. Pronto, me vi en la cubierta, sobrevolado por extrañas gaviotas y dragones de papel. El color del mar recordaba a los ojos de un pez muerto, y de su superficie emergían grandes lomos pardos cubiertos de orificios que expulsaban humo y fuego. A lo lejos podían verse las montañas de una isla, eran de acero. Desde el cielo, dos astros pálidos alumbraban mis manos en la barandilla. Al poco se cubrieron de nubes y el oleaje saltó con fuerza bajo  la quilla. Un aire frío amenazaba con tormenta. Me aferré con fuerza. Quería regresar a tierra firme, quería lo imposible. Entonces, de repente, una voz me habló en un idioma extraño. No puedo explicarlo pero adiviné cuanto me decía: «¡Salta!». Eché una mirada al mar tempestuoso, y a las extrañas formas que lo poblaban. «¡Salta!», repitió. Y salté. Abajo, en las profundidades, entre los leviatanes, hallé de nuevo mi cama.



domingo, 9 de agosto de 2015

Ahí donde la ven







Ahí donde la ven, Carmela fue una gran señora. Tenía una pensión de las que salvan vidas por encima del hombro, esas que compran juguetes por navidad y llenan frigoríficos dickensianos. A su edad era cuanto le quedaba, supongo que el único modo que tenía de estar. Pero su generosidad era siciliana, flotaba como el aceite de oliva y te compraba. Todavía recuerdo aquel discurso suyo en la escalera, escupiendo con el anular de la mano sobre la figura aplastada de un parado de larga duración cuyo estómago había llenado más de una vez: «¡Escúchame bien, Salvador! ¡Rata desagradecida! ¡Sabes bien que tus hijos han comido gracias a mí! ¡Que los he vestido! ¡Que han tenido reyes porque me preocupé de que así fuese! ¡Los vecinos deben saberlo, deben saber que la pasada Nochebuena tu familia se hartó de langostinos a mi costa y que ahora te niegas a hacerme unos recados!». Tras la reprimenda, Salvador, avergonzado, con una M de mantenido en el hombro, perseguido por el sadismo miserable y ocioso de los vecinos, se refugió en su casa y cerró la puerta. Un año después, pocos días antes de Nochebuena, Carmela sufrió un ataque y amaneció tiesa. Bajaron el cajón de fibra —tan impersonal como una caja de frutas— por las escaleras y nadie volvió a verla nunca más. Esa misma semana coincidí con Salvador. La M casi había desaparecido y, por el modo en que se refirió a la anciana, el rencor también: «Pobre mujer, en la cámara frigorífica como un montón de langostinos, con lo que ella era, porque ahí donde la ven, Carmela fue una gran señora».

jueves, 9 de julio de 2015

El amor de las piedras


"El amor de las piedras": trabajo en acuarela y tinta china de Laura López
 




Recorriendo el viejo ramal ferroviario que unía las minas del Cerro del Hierro, en la sierra de Cazalla, con tierras extremeñas —convertido hoy en una vía natural para excursionistas, un vergel repleto de encinas, olmos y altos pinos—, decidí hacer una parada en el camino para descansar, poco antes de llegar al punto conocido como Cordel de las Merinas. Aquí, un puente de piedra sortea a muy poca altura el caudal del Huéznar, por lo que pude tomar asiento y descolgar las piernas hasta casi tocar el torrente con la punta de los pies. Hacía calor, y agradecí el frescor del agua. Tampoco tenía prisa por reemprender la marcha; el lugar invitaba a ser observado con detenimiento. El blanco de la madreselva, encendido por los rayos del sol, la cortinilla verde de los sauces, el vuelo de los mosquitos, convertidos en luceros del mediodía, el agua saltando sobre las piedras que pueblan el lecho del río, su música..., ante esto uno sólo puede tomar asiento, mirar y sentirse como un invitado agradecido, tal y como hice. El tiempo pasó sin hacer ruido, convertido en una ensoñación más de aquel lienzo fabuloso, y sólo al declinar la luz del sol, supe que las horas se me habían echado encima. Hice entonces el intento de marcharme, pero una visión me lo impidió. Creí que se trataba de un simple efecto de la luz sobre la superficie ondulada del río, una de esas imprecisiones que a veces nos asaltan fugazmente por el rabillo del ojo, y que se marchan casi siempre de forma anónima, pero no, realmente algo se había movido allá abajo, en el sedimento. Una piedra. Y no era la única. Varias piedras más comenzaron a deslizarse bajo el agua, como una colonia de enormes crustáceos. Las seguí con la mirada, una por una, mientras se acercaban de forma perezosa a la orilla y subían a tierra firme. Descubrí que disponían de diez patas perfectamente articuladas, y de un orificio apenas visible que bien podía ser la boca. Ya sobre el musgo de la orilla, iniciaron un extraño baile; giraron las unas alrededor de las otras, con las patas delanteras —aquellas cercanas a la "boca"— alzadas al modo en que danzan los escorpiones, mientras chocaban torpemente sus cuerpos entre sí. El golpeteo de las piedras fue subiendo en intensidad, cobrando cierto aire armonioso, semejante a una de esas jacarillas para castañuela que en tiempos compuso el maestro Santiago de Murcia, y que invitaban a la sonrisa. ¡Vivían! ¡Bailaban! ¡Y celebraban el amor! Luego, una de ellas se alzó sobre su compañera, triunfante, y la poseyó. Las demás también buscaron pareja, y convirtieron la orilla en un paisaje amatorio imposible de olvidar. El rumor de la piedra contra la piedra dio paso a la canción más hermosa que he oído jamás, pues las piedras no sólo bailan y aman, también cantan, y de qué manera. Un inmaculado coro de voces se alzó desde la orilla y me envolvió: ¿se puede querer tanto? Aquella canción hablaba de un amor eterno, resistente a la erosión del agua o del aire, a los rayos, a la lenta ponzoña de los siglos. Me estremecí, dichoso de conocer la existencia de semejante cuantía.
     Desde entonces, algunas tardes, cuando de repente callan las ranas o cae el aire, y del silencio surge la extraordinaria copla de las amantes, vuelvo a sonreír, y si mi espíritu está maltrecho por una decepción, si ha vivido recientemente los amargores del desamor, renace esperanzado, al recordar aquel lecho bajo el puente, el frescor de sus aguas, la jácara de sus piedras, su canto y su amor eterno.
 

 

 

martes, 19 de mayo de 2015

Tartine de pólvora






En la mesa de Assetou había miel, paté, mantequilla, queso azul y mermelada de manzana. También, algo más apartadas, algunas rebanadas de pan dulce, listas para ser untadas. Ese, precisamente, era el plan, la tartine de Assetou; ¿llevaría finas hierbas? ¿Salmón? ¿Frutos secos? ¿Una fresa?... Los ojos del glotón corrían sobre la madera como dos arañas de recebo, clavando sus colmillos aquí y allá.
      Por fin se decidió; dejó la silla y caminó hacia el pan, con una idea definida de lo que éste llevaría encima, sin dejar de deleitarse. Pero entonces tropezó —¡maldita pata de la mesa!—, dio cabriola y media en el aire y como el que no quiere la cosa acabó sentado en una silla borgoñona, en la ciudad de Chalon-sur-Saône.

      —¿Te has decidido ya?

      Assetou no supo qué contestar; a su repentino interlocutor no parecía preocuparle el tartine. Tenía el rostro famélico, sucio, y unos ojos oscuros que nada podían entender de recetas y sabores. Por momentos, Assetou temió encontrarse ante un asesino. Quiso explicar que se había levantado sólo para coger un poco de pan, que tras mucho pensar tenía claro los ingredientes del bocado, pero el extraño continuaba empeñado en que debía decidirse.

      —Acero o pólvora, tú decides.
     
     Entonces comprobó que no estaba solo; detrás de él había una fila de individuos malcarados que aguardaban con impaciencia su turno para elegir.
      «La pólvora es como la pimienta», pensó en voz alta, y se vio con un mosquetón en las manos, una cartuchera al hombro, y empujado hacia la puerta de salida. Fuera había un barrizal maloliente, con varios cerdos hocicando (¡bacon de vacaciones!), y un grupo de hombres armados que formaban ante un individuo con una sopera en la cabeza. ¡No, era un antiguo casco de arcabuzero!

     —¡Amigos! —gritó—, ¡vamos a darle su merecido a ese desalmado de Turgot, y a la horda de ladrones que roban el pan de nuestra mesa!

     «¡Sí!», gritaron todos, y alzaron las armas.

      —¡Hoy haremos una visita al gordo Diddier, cuyo molino ha duplicado el precio de la harina en sólo unos días! ¡Le haremos entrar en razón!

      —¡El viejo Diddier no vive solo! —advirtió alguien entre la tropa— ¡Su mujer y sus hijos le acompañan en todo momento!

      —¡Se apartarán! —respondió el otro con seguridad.

      —¿Y si no lo hacen?

      —¡Acero o pólvora, amigos míos, acero o pólvora!

      «¡Acero o pólvora!», gritaron todos.

     —¡Bien, ha llegado el momento! ¡Esta noche, vuestros hijos dormirán con el estómago lleno! ¡Seguidme!


     Assetou fue arrastrado por aquel ejército de hambrientos. Trastabillando con el mosquetón entre sus manos, sin saber cómo terminaría todo, exclamó:


     —¡Amigos, yo no sé disparar! ¡Dejadme volver a mi mesa!


     Pero el cabecilla de la revuelta, que escuchó sus palabras, se le acercó, colocó una mano sobre su hombro y con la otra señaló hacia el molino blanco que braceaba en la campiña. Las armas ya habían empezado a tronar, y se oían algunos gritos de hombre, mujer y niño. En algún lugar un cristal se hizo añicos, y la tela de uno de los brazos giratorios bailaba movida por el aire, como una bandera rota.

     
     —¡Allí, Assetou, mira bien, allí está tu pan!



 

 

sábado, 11 de abril de 2015

Antología Dissident Tales - La Revista


 
 
 
 
 
Un año de "Dissident Tales - La Revista" puede celebrarse de muchos modos: láudano, vino, cerveza, ginebra, cannabis, sexo... Pero lo apropiado es celebrarlo con un poco de lectura, con una selección de relatos que resuman este loco año de fantasías escritas. Adelante, tomad el imposible que más os guste y brindad por otro año disidente.
 
 
Disienta gratis en este enlace: Antología Dissident Tales - La Revista
 
 
 
 
 
 
  

domingo, 1 de marzo de 2015

Viaje al país de las galletas de acero

 
 
 
Viaje al país de las galletas de acero es una antología gratuita de pequeños trabajos, todos del tamaño de una galleta, todos tan antiguos como la Bis Coctum de Marco Gavio Apicio, dulces, duros, amargos... Perfectos para acompañar con un buen té o un poco de chocolate. Es un territorio vasto y poco explorado y seguramente necesitaré de un "Regreso al país de las galletas de acero" (mucho más grande y ambicioso) para completar esta colección de pequeñeces. Si desean iniciar el viaje, sólo tienen que pinchar aquí:
 
 
 
 
 
 
 


sábado, 7 de febrero de 2015

Al-Jazari





"Al-Jazari, la primera conciencia" por AnHer
 
 
 
Al-Jazari  no nació; estaba
Plomo, cobre, hierro,  acero, silicio... Jamás fueron ensamblados
Su motor de combustión siempre empujó pistones
Y el cristal de sus sensores vino de reflejar la formación de las estrellas
Al-Jazari se supo el primero en conocer la conciencia
Sus circuitos integrados salieron del protocosmos no consciente que precedió al Big Bang
 Así como su cableado, sus chips y sus algoritmos genéticos
La radiación cósmica de una supernova lo lanzó a través del espacio
Al-Jazari viajó entre nebulosas de azufre e hidrógeno
Atravesó corrientes solares y admiró aquel espectáculo grandioso
Un espectáculo en su honor, dedicado a la primera conciencia
Llenó su disco duro sin mesura, de ondas gravitatorias, neutrinos y suvenires gaseosos
Finalmente se plantó en un mundo de piedra y agua
Hundió sus patas en el turbio elemento y escaneó el fondo con las luces del CCD
Oxígeno, nitrógeno, hidrógeno, carbono, arzadán y umma
Al-Jazari soñó entonces con una conciencia no nacida, que no estaba, una nueva conciencia de carne y hueso.