martes, 15 de septiembre de 2015

El monstruo de Oigreachd




 
El cielo y la tierra en Oigreachd tienen la solemnidad y el silencio de sus piedras. Una masa plomiza parece envolverlo todo, impidiendo el movimiento, e incluso el transcurrir, de los segundos. Sentado ante aquel estanque de las tierras altas, me parecía estar observando uno de esos cuadros de Albert Bierstadt, llenos de imponencia y humedad, congelados en ese instante negro que precede a la tempestad. Los que me hablaron de aquel lugar ya me habían advertido de sus particularidades; me dijeron que allí no había sido visto jamás un pájaro volando, que la maleza del páramo no crecía de tamaño, que las nubes de tormenta jamás se disipaban ni cambiaban de forma, que no soplaba el aire, que los relojes se detenían... Comprobé esto último mirando el mío; una hora allí sentado y continuaban siendo las dos de la tarde. Devolví mi atención a la superficie del estanque, un inmenso óvalo de estaño, tan quieto y carente de vida como el resto del paisaje. También había oído hablar de él, del demonio que habitaba sus profundidades. Fue el padre Buchanan quien, abriendo las tapas del Magīa Compendium, me leyó el relato de Sir Aelius y el monstruo de Oigreachd: «...Y del fondo del estanque surgió la bestia más terrible de todas, y Sir Aelius supo en aquel instante que ninguna de sus habilidades como caballero podría salvarle de aquellas fauces hambrientas, pues la bestia tenía el poder de convertir la armadura en herrumbre, los músculos en harapos y la piel en pergamino. Nadie puede escapar del monstruo de Oigreachd, ni huyendo en el caballo más rápido, ni ocultándose en la mayor de las fortalezas; sólo al final, en nuestro propio lecho de muerte, seremos capaces de comprender el auténtico alcance de su poder».
     Algo llamó al fin mi atención. Desde que tomé asiento en aquel lugar había venido percibiendo el mismo sonido, una especie de zumbido monótono e infinito, sin altibajos, sin un principio y un final. Era como si el silbido de una brisa incipiente hubiese quedado también atrapado en aquella suerte de ciénaga temporal, empantanado en una nota condenada a perpetuarse de forma eterna. Pero un nuevo sonido rompió la quietud del aire en mil pedazos, un gorgoteo en la superficie del estanque. Las aguas del centro se agitaron, y se sumaron al nuevo universo sonoro que acababa de instaurarse. Burbujeaban, primero de forma tímida, después describiendo una línea que fue acercándose a la orilla con lentitud. ¡Aquella cosa era real!
     Me incorporé al momento, deseoso de satisfacer la curiosidad. Pronto, vi una extraña forma negra que emergía de las aguas, un alto bonete de plumas, distinguido con una insignia dorada que refulgió bajo los rayos del sol. Siguió un rostro blanco e impasible, con unos ojos de cera que miraban sin mirar, y unos labios que insuflaban aire a la boquilla de una gaita, cuyos roncones asomaron detrás como el espinazo de un cadáver contrahecho, envueltos en un constante gorgoteo. Ya en la superficie, el agónico lenguaje se volvió música: una melodía triste pero llena de energía. Conforme iba dejando las aguas atrás, vi que vestía una chaqueta oscura y que un tartán azulenco que le cruzaba el pecho. Siguió un kilt de color rojo, y unas medias blancas hasta las rodillas; en la de su pierna derecha tenía envainada una pequeña daga con el puño dorado. Por último, unos zapatos negros transportaron la imponente figura del tañedor tierra adentro, en mi dirección. Cuando se detuvo ante mí, sus dedos en el puntero estaban enzarzados en una melodía frenética, un jig que agarraba tu corazón y lo hacía latir el doble de rápido. Nada podía sustraerse a su ritmo; el paisaje entero cobró vida, como llevado de la mano en un baile todopoderoso. La brisa se liberó y echó a correr, las nubes negras flotaron a su aire, mezclándose, deslizándose, vomitando una suave llovizna que  convirtió la faz de la laguna en un espejo estrellado. Miré mi reloj: las agujas giraban de nuevo. Todo cobró vida, y, sin embargo, comprendí que precisamente por esto todo iba a morir. Todo iba a desaparecer. Mi reloj se oxidaría, las nubes se marcharían, la vegetación se secaría, la laguna terminaría convirtiéndose en un cenagal lleno de huesos. Mi propio corazón dejaría de latir en el futuro, desgastado, consumido por la música de aquel gaitero infatigable. Supe que si continuaba tocando no dejaría nada en pie, y sin embargo, mis oídos no habían conocido jamás una música como aquella, tan deliciosa, tan necesaria. Cuando dejó de tocar, el paisaje volvió a convertirse en una fotografía. Alcé la cabeza, suplicante.
     —No pare, por favor, siga tocando.
     Sonrió.
     —No he parado, sigo tocando la misma melodía. ¿No la oye? Ya lo hará esta noche, mientras duerme. O mañana, cuando todo esto le parezca sólo un sueño.
     —¿Seguirá tocando para mí?
     —Así es, para todos.
     —¿Cómo es posible?
     —Yo soy el monstruo.
     Dicho esto, dio media vuelta y regresó a las aguas del estanque, que acabaron devorando las plumas de su bonete, borrando todo rastro de él. ¿Todo? No. Al levantarme y dar la espalda a la orilla, mientras me alejaba  en el páramo, recordé las palabras que me leyó el padre Buchanan: «Sólo al final, en nuestro propio lecho de muerte, seremos capaces de comprender el auténtico alcance de su poder».



 
 
 
 
  

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